Backrooms de Kane Parsons

Backrooms / A24

 Por Mayte Duarte

Pocos fenómenos en internet perduran tanto en el imaginario colectivo como el concepto de los backrooms. Bastó una sola imagen publicada en un foro de 4chan en 2019 para que la comunidad digital construyera todo un universo de terror a su alrededor. Aquella fotografía pronto comenzó a expandirse en la mente de miles de creadores, quienes imaginaron las infinitas formas en que un recurso tan sencillo como una fotografía de una habitación, donde no hay rastro de nada más que de paredes cubiertas por un papel tapiz de tonos amarillentos, una alfombra desgastada y luces encendidas similares a la de una oficina, podía transformarse en un relato complejo nacido de las infinitas dinámicas de los usuarios en internet. Y creo que su atractivo radica principalmente en esa particularidad. Al igual que una leyenda urbana, donde cualquier narrador puede contar la historia y reinterpretar a su manera el concepto. Los backrooms se nutrieron de las lógicas colectivas de internet para convertirse en mito: entre más se aporte entre comunidades más se crean historias, sobre todo si cualquier persona puede tomar el concepto y hacerlo suyo.


El fenómeno creció tanto que era inevitable que las grandes empresas del entretenimiento terminaran prestando atención a lo que ocurría en redes sociales y al enorme universo narrativo que los backrooms ofrecían para cautivar más que nada al público joven y llenar las salas de cine. Este movimiento, que primero resultó inusual debido a la elección de su director, Kane Parsons, quien en apenas unos años pasó de publicar un cortometraje de los backrooms en 2022 en la plataforma de YouTube a convertirse, con tan solo 20 años, en el director más joven en la historia de A24. No es para nada un fenómeno nuevo por intentar traspasar las comunidades y el contenido de internet a la pantalla grande con historias convencionales que el cine de Hollywood ha replicado la última década. Tal es el caso de la desastrosa película de Slender Man (2018) o El juego del ascensor (2023). Pero Backrooms (2026) parece apuntar sobre otra dirección. 


Clark (Chiwetel Ejiofor), dueño de una gran tienda de muebles baratos llamada Cap’n Clark’s Ottoman Empire (una referencia al origen real de la fotografía) vive prácticamente sobreviviendo al fracaso de su carrera como arquitecto y a su matrimonio fallido. Un día, casi de forma muy conveniente, descubre que la pared de su sótano lo conduce a otra especie de dimensión con un sistema infinito de habitaciones, largos pasillos desolados y cerrados, sin señales de civilización, donde no hay rastro de nada más que de paredes cubiertas por el papel tapiz característico de estos espacios, que sugieren que algo está ahí, y a la vez no, suspendido entre la existencia y la ausencia.


Backrooms / A24


Es fácil ver que, a excepción de la escena inicial, lo que más le estorba al filme es su propia historia, aunque de momentos parece que Parsons quiere desprenderse de ahí. En primera instancia no es que resulte problemático, sobre todo en torno al personaje de la psicóloga Mary Kline (Renate Reinsve), quien parece en sí ser la verdadera protagonista de la historia y de quien más interés tengo en su arco como personaje. Sino que en esencia el propio argumento se esfuerza demasiado por encajar con el misticismo de los backrooms que, aun con el desenvolvimiento de la dirección de Parsons durante las escenas dentro del espacio, resulta ineficiente. Quizá en parte es la obligatoriedad, impuesta o no, de Hollywood por hacer que sus películas cumplan con la cuota narrativa clásica, o que hay historias que funcionan más desde donde fueron concebidas. Aún así existen casos como Skinamarink (2022), que filman desde lo extraño y sobrenatural de la realidad, donde la racionalidad no puede presentarse porque simplemente es indescriptible para el ser humano. Incluso, la simple fotografía del backroom causó eso mismo entre los usuarios que la vieron por primera vez. 


Como ya lo sugerí líneas atrás, Parson y el guionista Will Soodik, parecen sentirse alejados de esta misma narrativa. De ahí, que a mitad de la película se rinda ante el intento de construir una historia (por un momento temí que se volviera saga o un universo tan fastidioso como Marvel) pero que en el cansancio de esta, cambie hoja y pase de lleno a la verdadera inquietud que nos genera los backrooms: espacios creados para la actividad humana con una función o propósito, aunque sin identificar y al mismo tiempo reconocibles, como una memoria de la que hemos sido despojados. No resulta, entonces, extraño que Kane Parsons quiera indagar en el concepto mismo de los recuerdos.


En la película, este malestar se manifiesta a través de muebles colocados en posiciones extrañas o incompletas, maniquíes que evocan presencias humanas detenidas en el tiempo y espacios que parecen conservar rastros de una memoria que ya no les pertenece. Los Backrooms representan precisamente esa contradicción: evocan una profunda sensación de familiaridad, pero de ella parece desprenderse constantemente un  espacio donde el olvido y el recuerdo se deforma y a la vez se archiva. Sobre todo aquello que deja de funcionar bajo una lógica de utilidad: los restos de la casa de la infancia de Mary Kline, los muebles de la tienda fracasada de Cap’n Clark’s Ottoman Empire, y el propio Clark que no encuentra más razones para que su vida siga teniendo sentido más que ese lugar que le ha dado forma a su antigua vida.  


En cuanto al personaje de Mary Kline, el mejor construido en el filme, podemos ver su infancia a través de diversos flashbacks. Mary creció en un hogar disfuncional donde su madre le impedía salir al exterior y las cuatro paredes de su casa constituían la totalidad de su mundo, pero tras el internamiento de su madre en un hospital psiquiátrico, aquel espacio desaparece y años después, la vivienda es demolida para construir un nuevo edificio. La pérdida de la casa no funciona únicamente como un evento traumático en la vida del personaje, sino también como la desaparición física de un lugar cargado de memoria, y cuando los espacios desaparecen dejan tras de sí una especie de vacío. Casi al final de la cinta, sus recuerdos aparecen fragmentados, como parte del mismo olvido extraño que habita los backrooms.


Todos estos aspectos terminan por verse corroídos ante la carencia de una historia que no encaja por completo con el mundo que intenta representar. Los Backrooms nacieron del miedo a lo inexplicable, a la imposibilidad de comprender aquello que observamos en una imagen y a la incertidumbre que produce enfrentarse a un espacio que parece existir al margen de toda lógica y de lo humano, pero que es insólito. Sin embargo, la película sustituye parte de ese misterio por emociones y explicaciones más explícitas. El resultado es una obra que, en ocasiones, parece olvidar que los backrooms pertenecen a un reino que funciona mejor cuando permanece en las sombras.

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