La Odisea de Christopher Nolan
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| Universal Studios |
Nolan, para el enojo de muchos, es un cineasta de herramientas más que de narrativas. Un creador perfecto para la cautivación y la ejecución de un magno evento, cualidades que le han concedido un estatus casi intocable en internet. Esto no es necesariamente malo, el propio cine nació como un avance tecnológico y una atracción visual antes que como un arte. Nolan ha sabido aprovechar algo que muy pocos han entendido dentro del Hollywood contemporáneo: vende una experiencia y atrae al público a las salas. Así ha consolidado su carrera. La Odisea culmina esa trayectoria al agotar rápidamente las entradas para las funciones IMAX de 70 mm un año antes de su estreno, bajo la promesa del espectáculo en ese formato y en otros similares. Sin embargo, ese espectáculo no se encuentra dentro de las imágenes, sino fuera de ellas.
La Odisea (2026) se construye desde el temor al propio relato, pero también a su reconstrucción. Entre esas dos ambivalencias, la lealtad a la historia original y la creación de una nueva, Nolan elige resguardarse, como suele hacerlo, para no incomodar demasiado. La fantasía, los dioses, la mitología, la épica e incluso el maximalismo de los escenarios se transforman en algo más sombrío, desprovisto de color y extravagancia, en favor de una propuesta visualmente más "realista", si es que eso tiene sentido al tratarse de un pasado mítico, o como si la antigüedad haya sido así.
Pero también evade la realidad grotesca de la guerra. Aunque sugiere lo que vivieron los soldados dentro del caballo y el genocidio de Troya, desde la muerte de sus símbolos hasta la de su población, siempre lo mantiene fuera de campo. La violencia que dice señalar durante la travesía de Odiseo, incluso al intentar alejarlo de la imagen del héroe épico sin remordimientos, termina disimulandose con los recursos más comerciales posibles. No por una postura moral o por una crítica a la deshumanización de los cuerpos, sino por el temor a la clasificación por edades o al rechazo del público.
Por eso digo que La Odisea se construye fuera y no dentro del cuadro. A pesar de buscar un realismo fantástico y de señalar los horrores de la guerra, termina negándolos desde su composición, su montaje acelerado (lo peor de la película), la construcción de la imagen e incluso su discurso. El final, aunque emocionante, resulta contradictorio. Nolan atraviesa toda la película con esa misma contradicción. Aunque insiste en que su discurso pretende señalar los horrores de la guerra, el mensaje termina siendo incoherente ¿dónde está esa brutalidad que deberían lastimarnos?
Además, la presencia femenina vuelve a carecer de significado en otra película más del director, con la posible excepción de Penélope. Nolan ha comentado que se basó en la traducción de Emily Wilson, la primera versión completa de La Odisea al inglés publicada por una mujer, una traducción que transformó la forma de entender el poema gracias a un lenguaje más directo, por ejemplo, incluyendo el uso de la palabra "esclavo", respetando las jerarquías de ese entonces, pero mencionándolas como son.
Entonces, si se basó en una traducción tan potente e incómoda como la de Emily Wilson, donde se replantea la supuesta traición de las sirvientas para presentarlas como esclavas de Penélope, abusadas y asesinadas por Odiseo y Telémaco, ¿por qué vuelve a la misma idea que Wilson cuestiona, representándolas, a través del personaje de Mia Goth, bajo esa interpretación? De nuevo, Nolan deja fuera una construcción más matizada de las mujeres, como ocurre también con Circe y Calipso, no se diga de Atenea que, aún teniendo a la gran Zendaya, no supo que hacer con su personaje.
Existe, además, otro problema que no pertenece únicamente a La Odisea de Nolan. La estandarización del diseño de producción en las películas de época de Hollywood ha consolidado una imagen del pasado como un mundo oscuro, desaturado, sucio, en ruinas y desprovisto de extravagancia. La Odisea podría transcurrir en la Edad Media o en un entorno nórdico y seguiría encajando visualmente, porque no construye una identidad propia. No se trata de exigir fidelidad histórica (al fin y al cabo, es una obra de ficción, no un documental) sino de señalar que la película no logra distinguirse visualmente de muchas otras producciones del mismo tipo.
Después de todo, Nolan convierte La Odisea en un espectáculo emocional tan puro como el cine de superhéroes. Insisto, esto no es necesariamente malo si se observa con matices. La película posee la fuerza que le otorgan su enorme presupuesto, las escenas de acción con monstruos y humanos, y el despliegue técnico que supuso filmar en IMAX. Sin embargo, esa misma tendencia del director termina por volver su cine, y en este caso las imágenes de La Odisea, carentes de sentido cuando el discurso se diluye en lugar de construirse.



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