Hibridaciones de un territorio capturado en celuloide: El Tren fantasma
¿A dónde nos lleva el tren fantasma?
Por Mayte Duarte
Las películas del cine silente en México son un conjunto de pedazos de un país perdido que se encuentra enlatado en rollos de película que alguna vez sirvieron como pegamento para pegar sobres de correspondencia. Este cine se fragmentó con el paso del tiempo, pero es cierto que en él se lograron encontrar restos de lo que alguna vez fueron los lugares, los espacios y las formas de socialización de un imaginario mexicano que estaba en plena construcción, inmortalizado a través de la cámara y la puesta en escena. Es entonces que la restauración parte del interés principal de reconstruir donde alguna vez existió una historia. Pero en este laberinto de memorias las preguntas prevalecen más que las respuestas, volviéndose primordial no solamente acceder a los hechos o a la anécdota, sino a la esencia misma del filme.
Partiendo de esta idea, El tren fantasma (1926) del cineasta Gabriel García Moreno, empieza con la llegada de Adolfo Mariel (Carlos Villatoro) a Orizaba, Veracruz situándonos desde el inicio del filme en los interiores de un bello tren de pasajeros y con el borroso horizonte de naturaleza a causa del desgaste del filme. Adolfo llega a la ciudad con el propósito de desenmascarar al grupo “El Rubí”, responsable de robos de tren de dicho lugar. Sin embargo poco después al público se le revela quién es “El Rubí” y por ende nuestro antagonista: Paco Mendoza (Manolo de los Ríos), quien además entra en disputa con Adolfo por el amor de Elena del Bosque (Clarita Ibánez). Entonces la película no navega por el misterio, sino por el romance, y la acción es el recurso para discutirlo.
Al ser un filme que recurre a las convenciones propias del género de romance y acción, podemos entender los ideales morales que iban más allá de las pantallas, y que hoy incluso siguen presentes en el imaginario social. Las dos únicas mujeres de la cinta encarnan estas convenciones a través de sus decisiones. Elena del Bosque es la mujer de casa, la pura, ingenua y de bondades que por ello se merece el amor de los hombres. En cambio, su contraparte Carmelita (Angelita Ibáñez), amante de Paco Mendoza, es una mujer que bebe alcohol, que fuma, que se junta con hombres, que su vida es la calle. Ella no juega otro papel en la cinta más que ser la otra mujer. Por lo tanto su trágica muerte se vuelve un símbolo de castigo, pero también el único camino para su redención.
Durante su juventud, el director se volvió un fanático de las películas a través de su labor como proyeccionista en varios cines de Tacubaya, siendo este trabajo su escuela de cine. Podemos ver desde el inicio del filme la evocación del cine western de Hollywood de esos mismos años, a través de la mitificación clásica de los personajes como el héroe romántico en Adolfo y la redención del bandido por amor encarnado en Paco Mendoza. Pero también el tipo de narración que privilegiaba la acción. García Moreno crea imágenes de tensión a través del montaje en una secuencia donde el líder de la banda de asaltantes apodados “El Rubí”, debe saltar del tren junto a su amada Elena del Bosque. Las imágenes de nuestros protagonistas se intercalan con las del tren en movimiento y las vías, advirtiéndonos del peligro inminente y la intriga del destino de ambos personajes. El director ya jugaba con esos elementos del suspenso que en años posteriores se irían perfeccionando.
La influencia del cine extranjero en la vida del director hacen de El Tren Fantasma un filme de hibridaciones. Pero su particularidad recae en la mezcla de estás historias y ritmos con lo propio del territorio mexicano. La ficción y el documental dejan de ser contrarios para formar parte de la narrativa de García Moreno, quien en 1926 filmó la plaza de Toros de Orizaba, Veracruz con la multitud extasiada por la corrida que llevaría a cabo Juan Silveti, poco después incluiría esta escena en la película con el intención de situar al espectador. A través de este recurso, el director encontraría en el material de archivo un elemento más para hacer partícipe el territorio en su historia, pero también —y probablemente sin saberlo— nos invita a estar ahí, a ser parte de ese momento que de no incluirlo en la cinta estaría probablemente perdido.
De igual forma el propio tren El Mexicano sí existió y fue la primera línea ferroviaria en el país, pero también el lugar que daría paso a la acción, el robo y el romance. Ostentar las imágenes del tren que atravesaba los poblados de Puebla, hasta el estado de Veracruz nos remite a la modernidad que no solo representaba la conexión comercial y el tránsito de personas entre el interior del país gracias al tren, sino a la propia llegada del cinematógrafo que hizo posible inmortalizar su recorrido gracias a las imágenes en movimiento, pero también quién alimentó y dotó a esos elementos para hacerlos aún más llamativos.
Más que recurrir a la anécdota, su restauración y posterior presentación nos genera preguntas sobre las propias imágenes que estamos viendo, no solo por traernos a la vida un fragmento del México post revolución, sino por las piezas faltantes de una secuencia perdida que nos deja la tarea de construirla por nuestra cuenta. La esencia misma de El Tren Fantasma nos conecta a un pasado al que solemos recurrir más desde nuestro presente, pero que al mirarlo podría ser un acto un tanto más de “epifanía” que, de acuerdo con el escritor italiano Cherchi Usai, crea sensaciones al ver una imagen en movimiento con texturas fílmicas y su particular forma de evocar la degradación del paso del tiempo, sumado a las historias y estilos narrativos únicos que construyeron las bases para el negocio artístico que el cine es hoy en día.




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